VIDAS Y AVENTURAS

Immaculée Iligagiza: el perdón incondicional


Immaculée Ilibagiza, perteneciente a la etnia tutsi, de religión católica, sobrevivió en su aldea Mataba el genocidio de 1994 en Ruanda, en el que fueron asesinados sus padres, Leonard y Rose, y sus hermanos Damascene y Vianney. Su hermano Aimable se salvó porque estaba en Senegal. Ella tenía 22 años, se escondió durante 91 días con otras siete mujeres en un baño de un metro cuadrado en casa del pastor de su aldea, Murinzi, reperteneciente a la etinia hutu que perpetró el genocidio, y que era amigo de su padre. Al salir de la clandestinidad se enteró de la muerte atroz de su familia. En 2006 publicó un libro, Sobrevivir para contarlo. Cómo descubrí a Dios en medio del holocausto en Ruanda, y otro en 2008, Mi viaje hacia el perdón. Renaciendo de las cenizas del genocidio en Ruanda.

Ella vive ahora en Long Island, está casada con Bryan Black y tienen dos hijos, Nikeisha y Bryan. Se dedica a dar conferencias y retiros sobre la fe, la esperanza y el perdón. En 2007 recibió el Premio Mahatma Gandhi por la Paz y la Reconciliación. De su último libro, tomo lo que cuenta de la gracia que recibió cuando estaba escondida en el baño.

«Desde que entré en aquel baño, me aferré al rosario rojo y blanco que me regaló mi padre el día que me despedí de él.... Recé durante mucho tiempo intentando perdonar a los asesinos de mi alrededor, pero mi boca se secaba al llegar a «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». No podía terminar porque realmente no lo sentía...

«Tras unas semanas de oración constante, Dios me tocó el corazón una noche. Me hizo entender que todos son sus hijos y que todos merecen ser perdonados. Inclusive aquellos que han cometido barbaridades como los asesinos hutus. Todos merecen ser castigados... pero también merecen ser perdonados.

«Luego recordé el pasaje de Jesús al dar su último suspiro en la cruz para perdonar a sus deudores; y por primera vez pude experimentar en mí el perdón de Dios. El amor del Señor se derramó en mi alma, perdonando mis pecados y haciendo que pudiese perdonar a todos los que me han ofendido. La ira y el odio que se albergaban en lo más profundo de mi corazón desaparecieron, y sentí mucha paz en mi interior. Ya no me importaba la muerte, no la deseaba, claro está, pero no la temía. Dios había limpiado mi corazón para que no temiese la muerte. Él había salvado mi alma. Y, aunque siempre había creído en Dios y le había rezado, nunca había sentido tanto su poder como en el momento en que tocó mi corazón para perdonarme. Ahora siento ese poder en mí y sé que va a estar a mi lado por el resto de mis días.

Cuando acabó el genocidio, Immaculée llegó a vivir a la capital, Kigali. Cuenta lo siguiente:

«Había comenzado una nueva vida. Necesitaba poner en práctica todo lo que me había enseñado el Señor en la clandestinidad. Por eso, fui un día a una de las cárceles de la ciudad a ver a Felicien, el hombre que había matado a mi madre y a Damascene.

«Como muchos otros se convirtió en asesino. El mal envolvía su corazón, pero ahora, en prisión, le invadía la culpa y el remordimiento. Era un hombre alto, fuerte y muy bien valorado en su cargo. Vestía siempre acorde a su rango, cuidaba mucho las apariencias, pero, por dentro, su cuerpo decaía y cada vez se estaba dejando llevar más por la locura. Se postró ante mí, me miró a los ojos con cara de vergüenza queriéndome pedir perdón.

«En la prisión con Felicien me di cuenta de que muchos de los asesinos que estaban allí se hallaban en la misma situación. Todos necesitábamos el perdón de Dios para poder continuar y crecer y dejar atrás la sangre, el sufrimiento... el genocidio.

«Perdoné a Felicien con todo mi corazón. Y estoy segura que él recibió mi perdón. Mi alma ahora era libre y el amor que tenía a Dios rebosaba; era una superviviente de un genocidio y mi vida volvía a empezar de nuevo».