SEMANA XXXI — EVANGELIOS

Lunes xxxi: Conmemoración de Todos los Difuntos


Evangelio de San Mateo 25,31-46

• En la Conmemoración de Todos los Difuntos, se celebran tres misas con lecturas diferentes. Uno de los Evangelios es la alegoría del juicio final. Viene muy a propósito para iluminar el destino de tantas personas, cristianas o no, que han fallecido por causa del coronavirus.

• La alegoría tiene una dimensión universal, comprende a todas las personas necesitadas y a todas las personas que les tienden la mano.

• Estas obras de caridad están motivadas únicamente por la condición precaria del prójimo, no tienen relación explícita con Cristo ni con Dios. Son obras que unen a dos personas en el amor.

• El amor al prójimo es lo que se encuentra en el centro de la alegoría, que ilumina la vida de millones de personas, unas necesitadas de ayuda, otras dispuestas a ayudarlas.

• La alegoría concierne a lo que ocurre en estos tiempos de pandemia. Millones de personas afectadas por el coronavirus, millones de personas que se ocupan con generosidad de los enfermos y sus familias.

• Son personas de todo el mundo, de distintas culturas y religiones. ¿Qué es lo que cuenta en medio de esta pandemia? ¿Qué es lo que une a tanta gente al rededor del mundo?

• Es el amor. Lo dice san Pablo: «Si yo no tengo amor, no soy nada. Si yo no tengo amor, de nada me sirve» (I Cor 13,2.3). En la respuesta de millones a la pandemia, está presente una vivencia profunda del amor.

• San Juan dice en dos ocasiones: «Dios es amor, quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (I Jn 4,16; 4,8). Como quiera que sea la idea que alguien tenga de Dios, aun si no cree en él, si vive en el amor al prójimo, vive en Dios.

• Al conmemorar a todos los difuntos, celebramos el amor de Dios que envuelve a nuestra humanidad de formas que no conocemos. La oración de la Iglesia el día de hoy comienza con esta invitación: «Al Señor, rey de los que viven, vengan a adorarlo».

• Celebremos a quienes han muerto por causa de este virus fatal, «cuyos nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero» (Ap 21,27).

 

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Reflexión: Julián Riquelme

Contexto - Palestina, año 30: Las mujeres discípulas van a embalsamar a Jesús, según la costumbre judía. Piensan que es un finado. - Grecia, año 80: La comunidad ya tiene conciencia de que Cristo vive: “¡No está aquí, ha resucitado!”

Sentido El Evangelio habla de la “Resurrección de Jesús” según San Lucas (24,1-8). Los discípulos descubrieron una Vida Nueva en la experiencia pascual de su maestro Jesús. En el relato se pueden divisar tres partes:

El desconcierto de las mujeres (Lc 24,1-3). El “primer día de la semana” indica que ya ha comenzado la Nueva Creación. Las mujeres con frascos de perfumes en las manos, manifiestan que están movidas por el Amor a Jesús. La piedra removida y el no encontrar el cuerpo del Nazareno, provocan muchas dudas y preguntas en ellas. No se puede llegar por razonamientos a la convicción de que Jesús está vivo. La Vida Nueva, que hay en Jesús, y, por lo tanto, su resurrección, solo pueden ser objeto de fe. Para los apóstoles como para nosotros, se trata de una experiencia interior.

La “teofanía” o manifestación de Dios (Lc 24,4-7). Los dos ángeles son símbolos de la presencia de Dios. Dios mismo saca a las mujeres del temor; les indica que no hay que buscar a Jesús entre los muertos, porque está vivo: su muerte fue llegar a su meta, a la Vida Plena, a la Vida del Reino de Dios. Además, invitan a las mujeres a descubrir la Pascua de Cristo, como la manifestación y la respuesta del Nazareno al Amor del Padre por todos. A Jesús se le busca, no entre las piezas de un museo, sino en la vida de la gente, que trata de superar sus problemas. Cristiano es el que está constantemente muriendo y resucitando. Muriendo a lo terreno y caduco, al egoísmo, a las esclavitudes, y naciendo a la verdadera Vida, al amor al prójimo, a la libertad.

El recuerdo de las palabras de Jesús (Lc 24,8). La pasión y muerte del Nazareno no fueron un fracaso total y rotundo. Sus palabras ayudan a descubrir que la cruz— asumida por Él como gesto que simboliza el Amor del Padre por todos—, es ya manifestación de la resurrección. A través del convencimiento de que Jesús está dando Vida Nueva a cada uno de nosotros, descubrimos que Él tiene que estar Vivo. Solo mediante la vivencia personal podemos comprender la resurrección. Nosotros y nuestros antepasados vivimos en Cristo, si servimos al prójimo con amor.

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