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    N° 51 OCTUBRE 2017 LEER A LOS PADRES    
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Pedro y Pablo: Varones de misericordia

Bernardo de Claraval (1091-1153)

 

Con razón, hermanos míos, aplica nuestra Madre la Iglesia a los santos apóstoles Pedro y Pablo lo que se lee en el libro de la Sabiduría: «"Estos son unos varones de misericordia, cuyas buenas obras no cayeron en el olvido; los bienes que dejaron a su posteridad permanecen en ella» (Sb 44,1-11). Son, pues, estos varones de misericordia, o porque consiguieron misericordia para ellos, o porque están llenos de misericordia, o porque nos fueron dados a nosotros por Dios en su misericordia.

Y mira primeramente qué misericordia consiguieron ellos. Pregúntale a Pablo de sí mismo, o más bien escucha lo que él espontáneamente confiesa de sí mismo: «Yo, que fui blasfemo, y perseguidor, e inicuo; pero he conseguido misericordia (1 Tm 1, 13). ¿Quién no oyó cuántos males causó a los santos en Jerusalén? Ni solo Jerusalén, sino que por toda Judea era llevado por las riendas de un loco furor, para despedazar en tierra los miembros de Cristo. En fin, montado iba en esa furia, pero fue prevenido por la gracia de Dios. Iba respirando amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, y fue hecho discípulo del Señor, mostrándole también cuánto convenía que padeciese por su nombre. Iba exhalando por todo el cuerpo ponzoña, y súbitamente fue hecho vaso de elección, de modo que ya su corazón eructaba la palabra buena, la palabra piadosa, y decía: «Señor, ¿qué quieres que haga?» Esta, sin duda, fue una mutación que hizo la diestra del Excelso. Por tanto, justamente decía: «Palabra fiel y digna de todo aprecio: el Señor Jesús vino a hacer salvos a los pecadores, de los cuales el primero soy yo» (1 Tim 1, 15)

Pero en san Pedro tengo otra cosa que poner delante, tanto más preciosa, cuanto más rara, y más sublime, cuanto más singular. Porque pecó Pablo, pero hizo esto en su ignorancia antes de tener la fe de Cristo y de su Iglesia. Pedro, cuando pecó, tenía los ojos abiertos. Ciertamente allí donde abundó el delito, sobreabundó también la gracia…

Porque si Pedro, de quien hablamos, después de caída tan grave, volvió a eminencia de santidad, ¿quién en lo adelante desesperará, como precisamente quiera él salir de sus pecados? Atiende a lo que está escrito: «Saliéndose fuera lloró amargamente» (Mt 26, 75). En su salida, entiende tú la confesión de la boca, en el llanto amargo, la compunción del corazón. Y observa entonces que, por la primera vez, se acordó de la palabra que había pronunciado Jesús: entonces, por la primera vez, tuvo en el corazón aquella palabra con que había sido predicha su flaqueza, cuando se desvaneció su temeridad presumida…

Habéis oído, pues, la misericordia que consiguieron nuestros Apóstoles, para que ya ninguno de vosotros se confunda más de lo que sea necesario, sobre los pecados pasados, compungidos en el aposento de su conciencia. ¿Qué, pues? ¿Pecaste acaso en el siglo? ¿Por ventura más que Pablo? ¿Pero si también en la religión: por ventura más que Pedro? Sin embargo, haciendo penitencia en todo su corazón, no solo consiguieron la salud, sino la santidad: aun también alcanzaron el ministerio de la salud, y el magisterio de la santidad. Tú, pues, haz de la misma manera, porque por ti dice la Escritura que estos son varones de misericordia; sin duda, por la mucha misericordia que merecieron conseguir.

Sermón Tercero de la Fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo

Responsable: Francisco Quijano

 

Julio 2017

 

 

 



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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