X-DOMINGOS C

Domingo 6º de Pascua (Ximena Guzmán y José Muñoz)


Lecturas: Hechos 15,1-2.22-29 / Apocalipsis 21,10-14.22-23 / Juan 14, 23-29

Botón homilético: Francisco Quijano

• «La paz les dejo, mi paz les doy. No como la da el mundo. No se inquieten ni se acobarden» ¿Qué te dicen estas palabras ante el asesinato desalmado, brutal, de Ximena y Pepe?

• «Requiescant in pace» «Descansen en paz» Esto es lo primero que hemos de proclamar. RIP. En lápidas y epitafios están grabadas estas letras. RIP. Parecen expresar resignación ante la muerte.

• No. No son signos ni palabras de resignación: proclaman el triunfo de la Paz sobre la violencia y la muerte. Descansar en paz es Descansar en Dios: Él es la Paz, Él es nuestra Paz.

• El Vidente del Apocalipsis escuchó una voz que decía: «Escribe: Felices los muertos que mueren en el Señor. Sí –dice el Espíritu– desde ahora descansarán de sus fatigas porque sus obras los acompañan» (Ap 14,13).

• La Paz es un Don. La Paz última, definitiva, consumada; la Paz que aquieta toda inquietud y serena toda ansiedad; la Paz que colma todo deseo y sana todas las heridas. Esa Paz es Dios mismo. Paz y Felicidad que es Él.

• Ante actos tan atroces como el asesinato de Ximena y Pepe, quienes creemos que el Señor Jesús resucitó, creemos y proclamamos que ellos –millones y millones– viven en la Paz que es Dios.

• Jesús irrumpió en medio de sus discípulos y les dijo: «La Paz esté con ustedes. Dicho esto, les mostró las manos y el costado» (Jn 20,19-20). Sus llagas son un símbolo glorioso, el trofeo de la victoria de la Paz de Dios sobre el asesinato cruel, atroz que padeció en la cruz.

• San Pablo expresa así este misterio: «Él es nuestra paz. Él, que de dos pueblos hizo uno solo, destruyendo en su carne el muro divisorio, la enemistad… Él, que de dos pueblos creó en su persona una humanidad nueva, restableciendo la paz. Él, que por la cruz dio muerte en su cuerpo a la hostilidad» (Ef 2,14-16).

• La Paz es un don de Dios, que se concentra en Cristo y se entrega en él a la humanidad: «Él es nuestra Paz». Él es nuestra Paz, porque él la ganó para nosotros por la violencia y la muerte que padeció en su cuerpo.

• En su vida mortal, Jesús había advertido a sus seguidores: «No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada» (Mt 10,34). Él se refería a la paz que es preciso defender contra un mundo hostil, dominando por ambiciones y prepotencia; se refería a la paz por la que hemos de luchar para conservarla contra la violencia, la inhumanidad y la muerte.

• A quienes luchan por la paz en este mundo hostil, violento, Jesús les auguró dicha y felicidad: «Felices quienes tienen hambre y sed justicia, porque serán saciados» «Felices quienes luchan por la paz, porque se les llamará hijas e hijos de Dios»

• El Misterio de la Cruz revela la Paz que triunfa sobre la violencia y la muerte. El Misterio de la Cruz revela, por contra, la ruindad, la iniquidad, la espesura de las tinieblas y del mal que los humanos perpetramos en nuestro mundo.

• En medio del dolor, la solidaridad, el temor, la impotencia, la desolación, el desconcierto, la indignación por el asesinato de Ximena y Pepe –por miles y miles, millones y millones de víctimas– aquí y en todo el mundo, se nos llama a luchar por una dicha, una felicidad y una paz que cuestan.

• Desde tu trinchera, allí donde te ha puesto la vida, tienes que hacer algo más, mucho más de lo que has hecho, para honrar la memoria de Ximena y de Pepe –de tantísimas otras víctimas anónimas en este país y en el mundo–. Quedar inerte en parálisis por tu indiferencia, no es digno de tu humanidad, te deshumaniza.

• Para honrar la memoria de Ximena y Pepe –de tantísimas personas asesinadas, desaparecidas en este país– las autoridades tienen que dar cuenta de que son de veras capaces de cumplir su responsabilidad primordial e irrenunciable: velar por la vida y la seguridad de la población; garantizar justicia real, eficaz, contra el crimen y la impunidad que imponen vileza en el país.

• En la plegaria eucarística pedimos: «Acuérdate de quienes se durmieron en la esperanza de la resurrección y de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la hermosura de tu rostro».

• «Los que han muerto en tu misericordia»: millones y millones y millones, porque tu misericordia es insondable, inabarcable, inconmensurable, inescrutable, indecible… Ximena, Pepe, Debanhi, Milton… sus nombres solo tú los conoces: están inscritos el «Libro de la Vida del Cordero» (Ap 13,8).